- ¿Sucede algo? – El chico preguntó en
un hilo de voz, mientras miraba a su acompañante. Ella miraba por la ventana y
contaba silenciosamente las gotas que caían. 163, desde que se había subido al
auto hacía 20 minutos atrás. Giró lentamente su cabeza y se encontró con la
mirada cansada de su novio. Los ojos marrones que alguna vez tuvieron un brillo
que los hacía parecer cálidos, ahora estaban opacos. Era como mirar la nada misma.
- ¿Tendría que suceder algo? Mira
hacia delante, que quiero seguir viviendo. – cortante, fría. Dolida. Dolía ver
como esa relación se desmoronaba de a poco. Miró sus zapatos, cansada de contar
las gotas. Tenía puestas las botas amarillas de goma, las mismas que estaba
usando cuando se conocieron. Era un día similar a este, un fino sirimiri, que
había caído sobre varias horas sobre la ciudad. Ella estaba caminando,
volviendo a su casa, totalmente empapada, cuando se resbaló y cayó sentada
sobre su trasero. En el medio de la vereda. Él se encontraba detrás de ella, trató
de contener la risa y la ayudó a pararse. Descubrieron que iban a la misma
escuela y compartían un gusto musical
similar.
- No lo sé, estas tan
callada.
- No tengo nada que decir. – él
suspiró. No quería ser esto, no quería que su relación fuera esto. ¿Qué estaba
pasando? ¿Qué les estaba pasando?
- Antes solías hablar tanto, parecían
monólogos. Me gustaba escucharte.
- Gasté todas mis palabras, entonces.
- Tal vez solamente no quieres hablar
conmigo.
- Tal vez. – El chico frenó el auto en
la banquina, a la vez que se pasaba las manos por el pelo.
- ¿Qué nos está pasando? – la agarró
del brazo, obligándola a girar y verlo a los ojos.
- No lo sé.
- Estoy cansado de eso, deja de comportarte
así. La relaciones son de a dos, y, carajo, parece que no quieres estar en
esta.
- Tal vez no, no quiero tener una
relación contigo. – las lágrimas caían por las mejillas de ella, demostrando
que esto le importaba, demasiado. – Llévame a casa.
En completo silencio, él arrancó el
auto y hasta que llegaron a la casa de la chica no se pronunció ni una sola
palabra. Las respiraciones condensaban el ambiente, haciéndolo pesado. Las
lágrimas seguían siendo derramadas por ella, y los nudillos del chico estaban
blancos de tanto presionar al volante. Ella abrió la puerta del auto y caminó
temblando hasta su casa. En el porche, giró, forzó una sonrisa, y agitó su mano
en forma de despedida. Los ojos rojos hacían resaltar sus pupilas grises, como
el cielo tormentoso.
Está lloviendo en la ciudad, así que me pareció adecuado postearlo. Tal vez alguna pareja esté pasando por eso en este momento. Espero que no.
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