31 dic 2013

Como el cielo tormentoso.

- ¿Sucede algo? – El chico preguntó en un hilo de voz, mientras miraba a su acompañante. Ella miraba por la ventana y contaba silenciosamente las gotas que caían. 163, desde que se había subido al auto hacía 20 minutos atrás. Giró lentamente su cabeza y se encontró con la mirada cansada de su novio. Los ojos marrones que alguna vez tuvieron un brillo que los hacía parecer cálidos, ahora estaban opacos. Era como mirar la nada misma.
- ¿Tendría que suceder algo? Mira hacia delante, que quiero seguir viviendo. – cortante, fría. Dolida. Dolía ver como esa relación se desmoronaba de a poco. Miró sus zapatos, cansada de contar las gotas. Tenía puestas las botas amarillas de goma, las mismas que estaba usando cuando se conocieron. Era un día similar a este, un fino sirimiri, que había caído sobre varias horas sobre la ciudad. Ella estaba caminando, volviendo a su casa, totalmente empapada, cuando se resbaló y cayó sentada sobre su trasero. En el medio de la vereda. Él se encontraba detrás de ella, trató de contener la risa y la ayudó a pararse. Descubrieron que iban a la misma escuela y compartían  un gusto musical similar.
- No lo sé, estas tan callada.
- No tengo nada que decir. – él suspiró. No quería ser esto, no quería que su relación fuera esto. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué les estaba pasando?
- Antes solías hablar tanto, parecían monólogos. Me gustaba escucharte.
- Gasté todas mis palabras, entonces.
- Tal vez solamente no quieres hablar conmigo.
- Tal vez. – El chico frenó el auto en la banquina, a la vez que se pasaba las manos por el pelo.
- ¿Qué nos está pasando? – la agarró del brazo, obligándola a girar y verlo a los ojos.
- No lo sé.
- Estoy cansado de eso, deja de comportarte así. La relaciones son de a dos, y, carajo, parece que no quieres estar en esta.
- Tal vez no, no quiero tener una relación contigo. – las lágrimas caían por las mejillas de ella, demostrando que esto le importaba, demasiado. – Llévame a casa.
En completo silencio, él arrancó el auto y hasta que llegaron a la casa de la chica no se pronunció ni una sola palabra. Las respiraciones condensaban el ambiente, haciéndolo pesado. Las lágrimas seguían siendo derramadas por ella, y los nudillos del chico estaban blancos de tanto presionar al volante. Ella abrió la puerta del auto y caminó temblando hasta su casa. En el porche, giró, forzó una sonrisa, y agitó su mano en forma de despedida. Los ojos rojos hacían resaltar sus pupilas grises, como el cielo tormentoso.




Está lloviendo en la ciudad, así que me pareció adecuado postearlo. Tal vez alguna pareja esté pasando por eso en este momento. Espero que no. 

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